rien avoir avec sa
13 sept. 2009 à 15:29
Mi primera patria, la patria de mi infancia y de mi juventud, fue un lugar llamado Obaba. Las pocas veces que me alejé de allí por un tiempo, como el verano que fui enviado por mis padres a un colegio de Biarritz, o el invierno siguiente, cuando viajé con ellos a Madrid, no me sentí mejor que aquellas víctimas de la relegatio que eran desterradas al mar Negro, y ni una sola noche dejé de preguntarme cuándo podría regresar.
Recuerdo que por aquella época, o tal vez algo más tarde, cuando tenía ya trece años, contrataron un psicólogo en nuestro colegio de La Salle, y que yo fui enviado a su despacho por el prefecto; no porque fuera un alumno poco estudioso o rebelde, sino por el escaso interés que mostraba por relacionarme con mis compañeros; por mi misantropía, para decirlo con la palabra que utilizó el prefecto y que entonces me resultó nueva. Después de entrevistarme durante cuarenta minutos, el psicólogo atribuyó mi poca sociabilidad al apego que sentía por el mundo rural, e hizo constar en su informe que los viejos valores aparecían en mi mente confundidos con los modernos.
Aquel lenguaje era nuevo para mis padres, pero no así el problema. Ellos eran conscientes, y estaban preocupados. “Ya has vuelto a estar en un caserío, David. No lo entiendo”, me dijo mi padre unas semanas después del informe del psicólogo, viendo que tenía briznas de paja pegadas a la ropa. Luego añadió lo que me decía siempre, su cantinela favorita: “Hace tiempo que dejaste de ser un niño, pero aún no sabes a qué ambiente perteneces”.
Quería decir que yo era de buena familia. Y era cierto. Aparte de acordeonista profesional, él era un hombre con responsabilidades políticas, con influencia tanto en Obaba como en la provincia. Mi madre, por su parte, tenía un taller de costura que ocupaba unos cincuenta metros cuadrados de la casa donde vivíamos, Villa Lecuona. Pero, a mis trece o catorce años, yo era indiferente a los beneficios de la posición social, y así se lo expresaba a mi padre cada vez que me recriminaba. él se irritaba conmigo, y me amenazaba con no dejarme salir de casa o con meterme interno en el colegio, hasta que intervenía mi madre y zanjaba la discusión: “Déjale, ángel. Acuérdate de lo que dice mi hermano. Cualquiera puede llevar un caballo al río, pero veinte hombres no pueden obligarle a beber contra su voluntad”.